
Todos hemos escuchado dichos como: “Haz el bien, sin mirar a quien” o “Haz el bien sin esperar recompensa”. Si bien son conceptos muy valiosos, a veces los aplicamos erróneamente.
El “sin mirar a quién”, se refiere a ayudar a quien lo necesite, sin discriminar. La primera confusión aquí es decidir si la persona realmente necesita ayuda. Si es alguien que, por circunstancias fortuitas, está pasando por un mal momento, nuestra ayuda será útil y bienvenida. Si se trata del tipo de personas que, debido a su juicio equivocado o inmadurez, busca permanentemente que alguien “le saque las papas del fuego”, la situación cambiará. No estaremos ayudándole a mejorar o a cambiar, sino sólo a perpetuar una conducta equivocada. Aunque seamos generosos y justos en nuestra ayuda, siempre detengámonos a pensar si nuestra ayuda es realmente “ayuda” o “complicidad” con un comportamiento que la persona no cambiará a menos que no dejemos de “socorrerla” constantemente.
Otro aspecto de dar ayuda sobre el que a veces hay confusión es el de “ayudar sin esperar nada a cambio”. Obviamente, si hacemos un favor no esperaremos dinero o que se nos reverencie, pero es humano y normal esperar que nos agradezcan, o sentirnos bien por lo que hemos hecho. Al hacer algo por otros, también hacemos algo por nosotros. Al ayudar nos sentimos más generosos, más nobles; y realmente lo somos. No está mal encontrarse satisfecho por el bien realizado, y no es una marca de egoísmo que nos duela cuando nadie reconoce nuestros esfuerzos. Si bien es cierto que si es necesario seguiremos ayudando aunque no nos agradezcan, no nos culpemos además por tener un sentimiento tan profundamente humano como el de no sentirnos reconocidos.
Ayudemos, y agradezcamos a quien nos ayuda. Iniciemos el ciclo de la gratitud con amor, lucidez y ecuanimidad.